Si me esfuerzo lo suficiente, ¿puedo dejar de sufrir?
Estoy leyendo Reflejos en un lago del Himalaya, de Tenzin Palmo, y hay una escena que no me suelta. Está en una cueva del Himalaya. Es mayo y todavía nieva....

Estoy leyendo Reflejos en un lago del Himalaya, de Tenzin Palmo, y hay una escena que no me suelta.
Está en una cueva del Himalaya. Es mayo y todavía nieva. La nieve entra por el techo, todo está empapado, hace frío y además está enferma.
En algún momento piensa: ¿quién quiere vivir así?
Y después aparece otra pregunta: «¿Todavía buscas la felicidad en el samsara?»
Samsara es una palabra difícil de traducir sin perder bastante en el camino. En términos muy generales, refiere a esta existencia condicionada en la que buscamos una y otra vez satisfacción en experiencias que cambian, terminan y no pueden ofrecernos una seguridad definitiva.
Tenzin Palmo recuerda entonces una de las enseñanzas más elementales del budismo: samsara es dukkha.
Dukkha suele traducirse como sufrimiento, aunque la palabra abarca bastante más. Está el sufrimiento evidente: el dolor, la enfermedad, la pérdida. Pero también esa insatisfacción más difícil de reconocer que atraviesa incluso las experiencias agradables. Algo nos hace felices y queremos que dure. Conseguimos aquello que queríamos y aparece otra cosa. Amamos a alguien sabiendo, aunque no queramos pensarlo demasiado, que ese vínculo también está sujeto al cambio.
Nada de esto parece demasiado revelador cuando se lo escribe.
Lo curioso es lo difícil que resulta vivir recordándolo.
En la cueva nada cambió. Tenzin Palmo seguía mojada, seguía haciendo frío, seguía resfriada. Pero cuenta que «cesó todo el peso de mis esperanzas y temores».
Eso es lo que me quedó dando vueltas.
No desapareció la incomodidad. Cambió su manera de relacionarse con ella. Ya no estaba además la expectativa de que ese momento tuviera que ser otro. Y parece que eso abrió cierto espacio. Menos tensión interna.
La pregunta de Tenzin Palmo no es una pregunta cultural. Es una pregunta sobre la existencia humana.
No importa demasiado dónde hayamos nacido ni qué época nos tocó. Mientras busquemos felicidad estable en un mundo marcado por dukkha, vamos a estar fritos. El problema no es que nuestra cultura nos exija estar bien. El problema es más antiguo y más profundo: esperamos que algo que por su propia naturaleza genera sufrimiento, no lo haga.
Nuestra época, eso sí, lo intensifica.
Sentirnos bien se ha convertido casi en una obligación. Podemos comprar casi cualquier cosa alrededor de esa promesa. Desde una aplicación para meditar hasta un retiro en la otra punta del mundo. Terapias, suplementos, cursos, experiencias, hábitos, saludables baños de hielo, técnicas para dormir, respirar, comer, entrenar, vincularnos.
Incluso la espiritualidad.
Podemos convertirnos nosotros mismos en un proyecto interminable de mejoramiento. Siempre hay algo más para trabajar, sanar, regular, comprender. Una versión un poco mejor de nosotros mismos esperando más adelante.( como odio la frase «se tu mejor versión», como si fuéramos un celular que necesita update de software)
Tampoco creo que haya nada malo en querer sentirnos mejor. Si estoy angustiado, prefiero no estarlo. Si algo me hace sufrir y puedo cambiarlo, probablemente intente hacerlo.
La dificultad aparece cuando se cuela una idea bastante tentadora:
Si me esfuerzo lo suficiente, puedo dejar de sufrir.
Hay una enseñanza budista muy antigua que utiliza la imagen de dos flechas.
La primera tiene que ver con la experiencia dolorosa misma. El cuerpo duele, enfermamos, envejecemos, morimos. Hay experiencias que simplemente no queremos tener y que, sin embargo, forman parte de estar vivos.
Después puede aparecer una segunda flecha.
No sólo duele: no quiero que duela. No sólo tengo miedo: necesito dejar de sentirlo. No sólo estoy triste: empiezo a preocuparme porque sigo triste.
La imagen me sirve, aunque no explica por completo dukkha. Reducirlo a nuestra resistencia frente al dolor sería simplificar demasiado el budismo. Dukkha también tiene que ver con la impermanencia y con nuestra pretensión de encontrar satisfacción estable en aquello que, por su propia naturaleza, cambia.
Tampoco se trata de resignarse.
Las enseñanzas budistas no terminan en «hay sufrimiento, acostumbrate». Las Cuatro Nobles Verdades hablan también de sus causas y de la posibilidad de su cesación.
Por eso quizás el problema no sea querer dejar de sufrir.
Tal vez sea dónde estamos buscando la salida.
Podemos cuidar nuestra salud, trabajar sobre nuestras heridas, tener buenos vínculos, meditar, hacer ejercicio, comer bien, dormir bien. Todo eso importa. Pero ninguna combinación perfecta de decisiones va a conseguir que lo impermanente deje de ser impermanente. Y podemos llevar esa misma expectativa a la práctica espiritual. Meditamos para calmarnos. Para bajar la ansiedad. Para dormir mejor. Vamos a retiros buscando paz. Aprendemos técnicas para regularnos. Y muchas veces funcionan. No veo ningún problema en eso.
Yo también prefiero estar tranquilo a estar angustiado.
Pero una práctica que nace, entre otras cosas, de observar directamente dukkha puede convertirse en otra herramienta para intentar conseguir permanentemente la experiencia que queremos tener.
Podemos volvernos bastante sofisticados en esa búsqueda.
Ya no perseguimos solamente dinero, reconocimiento, éxito o placer. Perseguimos calma, presencia, ecuanimidad, comodidad.
Objetos mucho más respetables.
Pero seguimos persiguiendo.
Alan Watts escribe sobre algo muy cercano en La sabiduría de la inseguridad. Gran parte de nuestra vida puede quedar organizada alrededor de aquello que todavía tendría que suceder para que finalmente podamos estar bien.
Cuando consiga este trabajo. Cuando encuentre una pareja. Cuando resuelva esto que me pasa. Cuando esté menos ansioso. Cuando aprenda a meditar mejor.
Siempre falta algo.
El problema es que aquello que esperamos está en el futuro. Y el futuro no es un lugar en el que podamos vivir. Cuando finalmente llega eso que esperábamos, ya es presente. Y si aprendimos a vivir esperando el próximo momento, probablemente encontremos alguna otra cosa que todavía falta.
Esto no significa que el presente sea necesariamente agradable. Sería absurdo. Tenzin Palmo estaba en una cueva, mojada, enferma y con frío.
El presente no garantiza bienestar.
Pero es el único lugar donde el bienestar puede efectivamente experimentarse.
No mañana.
Mañana, si llega, también va a ser ahora.
Aqui aparece una pregunta interesante:
¿Estoy practicando para relacionarme de otra manera con mi experiencia o para conseguir finalmente la experiencia que quiero tener?
Probablemente las dos cosas convivan.
Puedo sentarme a meditar dispuesto a recibir lo que aparezca y descubrir diez minutos después que llevo nueve intentando conseguir que la ansiedad desaparezca.
Por eso vuelvo a la imagen de Tenzin Palmo en la cueva.
No porque haya algo espiritualmente valioso en pasar frío, estar enfermo o vivir incómodo. Tampoco porque debamos dejar de intentar cambiar aquello que podemos cambiar.
El punto es dejar de pedirle a la experiencia que sea otra.
La nieve siguió cayendo. Algo, sin embargo, pesaba menos.
No sé si puedo dejar de sufrir.
Pero quizás pueda dejar de buscar la felicidad donde no está.